Ruedo para que la vida no se me escape...

 Tal cual se lee. Es la pura verdad.


"Cuando día tras día aprecias que tienes menos capacidad de movimiento, sientes que es la vida la que se te está yendo.

En esos momentos lo mejor es, hacer de tripas corazón y montarte en la moto, arrancarla, relajarte y, poco a poco, ir dando gas y subiendo marchas hasta que llegas a esa velocidad de 85-90 kms/h. Es la que te gusta, no buscas más...

Cuando llevas cinco minutos, vas notando como las manos te vuelven a responder como deben, vuelven a "ser tuyas", mandan las órdenes al motor en la forma que tu deseas...

Dolor, hay dolor. Sobre todo en el cuello pues, el casco, que escogiste ligero y de fibra de vidrio, hay veces que parece que se te fuera a calar hasta los hombros... Aún así, aguantas. ¡Vaya que si aguantas! Sabes que a fin de cuentas eres tu quien manda sobre tu propio dolor y eres capaz de dosificarlo a medida que los kilómetros te van cargando las pilas.

Cuando notas que igual debieras parar a descansar un rato continúas aguantando. Pasado un rato es tu moto la que te pide descanso, te pide enfriarse un poco. Su pequeño motor de refrigeración por aire se resiente con el calor extremo de los veranos de la meseta castellana. Prácticamente, en ningún momento de la ruta, has estado por debajo de los 1000 mts sobre el nivel del mar y eso, el pequeño motor de tu montura lo acusa en temperaturas cercanas a los 40ºC.

Ahora si. Ahora hay que parar, buscar una sombra, sacarte el casco y los guantes, abrir la pequeña bolsa trasera donde llevas un botellín de agua, que congelaste previamente en casa, y echártelo a la boca con ganas, mientras "La Ferrosa", tu pequeña scrambler de 9,6 cv recupera el resuello.

Un cigarrillo, tal vez otro, luego te calas el casco, ciñes los guantes y... ¡vuelta a empezar! La vida sigue y no dejas que se te escape sin oponer resistencia.


by Ferro.


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